Manteniendo nuestra mirada fija en el matrimonio
de Monseñor Jaime Soto, Obispo Coadjutor de Sacramento

Hace algunos años, durante una reunión con un miembro ahora difunto del comité central democrático del Estado, hablábamos respecto a una medida propuesta en aquel entonces que cambiaría la definición del matrimonio, el legislador rebatió: “Bueno, sin la procreación, ¿cuál sería la diferencia?”
Yo estuve de acuerdo con él y dije que esa era precisamente la diferencia determinante. Entonces él prosiguió hablando sobre parejas heterosexuales que se casaron sin ninguna intención seria o compromiso—meramente por conveniencia—comparadas a una pareja homosexual donde existe una entrega mutua. A lo cual yo respondí que no es justa la comparación entre una relación disfuncional y una pareja gay para ninguno de los dos lados del argumento y en ninguno de los dos casos se cumple el propósito del matrimonio.
La presunción social sobre el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer, de índole sexual y por consecuencia natural, es procreativa. Esta presunción es la que hace que al Estado le interese definir y proteger el vínculo matrimonial como tal. Esto, por supuesto, nos lleva a la cuestión sobre la unión heterosexual que no es procreativa, ya sea intencionalmente o por incapacidad. La presunción aún permanece.
Las normas culturales y sociales aún aludirán a “la pareja sin hijos.” Aún existirá la pregunta natural, “¿Tienen hijos?” Incluso las otras disposiciones dentro de cuyo seno se crían los niños confiarán en la definición de la “familia” para describirse a sí mismas, señalando algunas de las ideas o características comunes normalmente relacionadas a una unión con una madre, un padre e hijos.
Pero esto era antes de que nos metiéramos al espejo y empezáramos a perder el sentido de cuál era el verdadero propósito de la palabra “matrimonio” y de qué es un reflejo. Las cosas se han volteado y ahora creemos que el reflejo debe ser real y podemos determinar cómo y qué debe reflejarse.
El matrimonio como tal—la unión entre una mujer y un hombre con el objetivo de tener hijos—seguirá existiendo pero sin una palabra. No existirá en el lenguaje y no existirá dentro de la ley. La gente señalará el reflejo pero no el hecho real de una familia creada por la unión sexual de una mujer y un hombre.
El gobernador Arnold Schwarzenegger ha dicho que insistir en esto es “anti-gay,” cuando solamente se trata de ver si la palabra “matrimonio” alude a la realidad o a lo que únicamente podría ser “parecido” a un matrimonio.
Usar el tema en discusión para obtener derechos o beneficios hasta cierto grado señala las deficiencias de una sociedad que no puede proveer para sus ciudadanos—lo inadecuado de la atención médica, el sistema de jubilación, etc. A la vez, el tema ya demuestra el creciente distanciamiento entre el gobierno y la familia ya que el debate actual mueve al matrimonio y a la familia a un interés privado donde el Estado desea involucrarse poco: el deterioro de la inversión en la educación, la orden judicial en contra del feto no deseado, el deterioro en la valoración del papel de la mujer como madre de familia.
Quizá este es el juego. Quizá es esto lo que los tribunales quisieron decir. La familia ya no existe en el lenguaje. La unión sexual consensual es solamente para sí misma, sexo sin consecuencias. Se borra del panorama la procreación como lo había esperado el legislador antes mencionado.
Ya no existirá la palabra para la bella aspiración humana de un hombre y una mujer de procurar una relación de amor fiel perenne donde se creé y nutra la vida. Como una casa de espejos, tenemos muchos reflejos sin tener que asumir la responsabilidad de ver y nombrar lo real. No es cuestión de ver a qué o quién nos oponemos. Mantendremos la mirada fija en el matrimonio. Es cuestión de ver el matrimonio como lo que es, esperando que nuestros tribunales y legisladores dejen de jugar con espejos.

