50 años de servicio a las personas más necesitadas |
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| A pesar de las dificultades, lo que más le sorprendió a la hermana fue la felicidad de la gente, reflejada en estos niños de Bogotá. Foto: Cortesia hermana Rufina Medina | |
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Hermana
de St. Felicitas comparte su experiencia Por José Luis Aguirre La hermana Rufina Medina, SMSM, de la parroquia St. Felicitas de San Leandro, cumplirá 50 años de vida religiosa el próximo 15 de agosto. Más de la mitad de su apostolado, 30 años, los vivió como misionera en Perú y Colombia. Aunque nació en Colorado, sus padres son de ascendencia española, pero como ella misma explica, en su casa se hablaba más inglés. Durante su juventud nunca creyó que iba a ser religiosa, a pesar de que sus seis hermanos habían decidido consagrar su vida al Señor. “No quería ser monja porque quería vivir la vida de otra forma y decidí estudiar enfermería”, dijo. Pero el llamado de Dios fue mucho más fuerte y poco tiempo después en 1956 entró al convento de las hermanas maristas en Boston. Posteriormente, estudió educación religiosa en la Universidad Católica de Washington y de allí viajó a Jamaica para trabajar con los enfermos de lepra. A Perú llegó por primera vez en 1961 a trabajar como maestra de inglés para niños en un colegio de los hermanos maristas. “Esos pequeños en muchas ocasiones no tenían qué comer, entonces comenzamos a realizar un trabajo social y pastoral”, recuerda. Al mismo tiempo entró a una escuela en Lima para estudiar geografía y mejorar su español. En 1981 viajó a Colombia, a la ciudad de Montería, al norte del país, a donde fue invitada por los hermanos maristas, quienes estaban muy interesados en fomentar las vocaciones religiosas entre las mujeres de la región. “Allí comenzamos el trabajo pastoral de la nada, trabajábamos con los desplazados que huían de la violencia”. Durante ese período de tiempo Colombia vivió una oleada de actos terroristas propiciados por narcotraficantes y guerrilleros. “Al principio tenía pesadillas de que la guerrilla me iba a matar y hasta soñé que Jesús me había llamado y me decía que me preparara para la muerte”, recuerda, pero sus miedos desaparecieron, según ella, como si se tratara de un milagro. “Hablé con mi superiora al respecto, me dijo que orara y asistí a un retiro, después de esta experiencia todos mis temores desaparecieron”, aseguró la hermana. Su llegada a Bogotá coincidió con la del Papa Juan Pablo Segundo, el primero de julio de 1986, momentos en que el país tenía frescas las imágenes de la toma al Palacio de Justicia por los guerrilleros del M-19 y del desastre de Armero, después de que el volcán Nevado del Ruiz hiciera erupción ocho meses atrás. “Cuando llegué a Bogotá explotaban bombas muy seguido y vivíamos en un barrio muy pobre; en ese lugar logramos unir al pueblo en su fe…no había parroquia y tuvimos que enseñarle a la gente lo que significaba la Iglesia, ya que muchos de ellos provenían de zonas muy alejadas y nunca habían estado en contacto con la fe católica”. Agrega la hermana que su labor también se centró en visitar a las familias porque como ella explica “era necesario acompañar al pueblo en su dolor”. A pesar de las dificultades, lo que más recuerda la hermana Medina es el espíritu de celebración de los colombianos. “Eso es lo que los mantiene vivos, son muy alegres, saben celebrar, bailar y cantar”. Recuerda que en Bogotá, cuando vivía en el barrio Diana Turbay, ella y todos los vecinos tenían que salir a recoger agua en un camión y hasta presenciaban peleas por el líquido. “Esa lucha por la vida me impresionó bastante”, dice. La hermana también ayudó a las personas de esa comunidad a construir sus viviendas, presenció cuando les pusieron el servicio eléctrico, el acueducto y pavimentaron las vías. “Se ayudaban mutuamente, había un espíritu muy bonito que me animó bastante”. Diez años después regresó a Perú para continuar con su trabajo pastoral. Durante esas tres décadas en Sudamérica la hermana vio mucha pobreza, dolor y sufrimiento, pero asegura que esas experiencias marcaron su vida y le permiten valorar más las pequeñas cosas. Desde hace dos años presta sus servicios y enseña catequesis en la parroquia St. Felicitas de San Leandro. |
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