| Ministerio de Amor rescata a los niños de la calle | ![]() |
| Martín y Mónica Arteaga, coordinadores del albergue del D.F., atiendes sin descanso a los niños de la calle como a sus propios hijos.Foto: Luis Gris Elizarrarás |
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Por Luis Gris Elizarrarás Se dedican a limpiar parabrisas de los carros en las esquinas, otros recogen comida en los basureros y hay quienes tienen a sus padres en la cárcel. Su destino es vivir y trabajar en la calle. En la ciudad de México el empleo infantil es una realidad. Hay 150 mil niños que trabajan en la calle, según el programa para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), de los cuales 11,172 también viven allí. “Los niños de la calle no forman parte del inventario de nuestro país”, afirma Cecilia Blanchet Pezet, presidenta y fundadora de Ministerio de Amor, una organización civil sin fines de lucro que alberga a más de 500 niños callejeros en varios estados de la República Mexicana. Blanchet desde hace 20 años dejó su carrera de empresaria para comprometerse con la problemática que enfrentan los niños abandonados, huérfanos y abusados a través de la organización que busca darles los cuidados necesarios para que sean ciudadanos comprometidos, y un día puedan decir “sí tuve una familia”. En el Distrito Federal el programa Ministerio de Amor cuenta con un albergue en la delegación Iztapalapa, en el que viven 70 niños y adolescentes de seis a 15 años de edad. Entrar a este refugio es como visitar a “una familia grande”, comenta Martín Arteaga, coordinador del centro. La puerta permanece sin llave todo el día y no hay vigilancia, porque todos los niños están en el refugio por su voluntad. Aunque los menores son legalmente entregados a Ministerio de Amor por medio del DIF y centros carcelarios, la filosofía es que ellos se sientan en casa. “Este es un lugar donde me siento seguro y me dan bien de comer”, dice Agustín, de 12 años de edad, quien escapó de su casa cuado tenía seis años. “Me acuerdo que el día que me escapé mi papá puso un cable de luz a calentar en la estufa para pegarme. Ya me habían encerrado en mi cuarto. Tuve que romper una ventana, me corté la mano, pero pude escapar”, relata el niño, quien tiene cejas pobladas, la mirada perdida y tartamudea al hablar. Agustín encontró a una señora que le dio de comer por unos días y lo entregó a las autoridades. Después lo trasladaron al DIF y desde hace un año vive en el albergue. Cuando llega un niño nuevo al refugio, los propios chicos le presentan las instalaciones y le cuentan cuales son las diversiones y el reglamento de su nuevo hogar. Los niños van a escuelas públicas. Al regreso hay voluntarios que les ayudan en sus tareas. “Todos presentan atraso escolar así que es una tarea fuerte, ya que no queremos que se desanimen ni se atrasen en sus estudios”, añade Arteaga. La formación del niño consiste en el cuidado de su salud, educación académica, promoción de sus habilidades por medio de actividades deportivas o musicales y la formación en la fe. “Queremos que ellos puedan valerse por sí mismos y que lo hagan a diario”, señala Arteaga, quien agrega que en sus inicios los albergues contaban con profesores de música, para que los niños no tuvieran que salir, pero al final vieron que los niños se volvían inseguros. Es por ello que a partir de los 13 años deben responsabilizarse de la limpieza y organización de su ropa, entre otras asignaciones. “Si al niño no le das tareas en casa no tendrá desarrollada su responsabilidad. Sabemos desde el principio que ellos no nos pertenecen, sino que están de paso y un día formarán buenos hogares; por eso queremos que siempre sean cumplidos”, afirma Arteaga. Pero no a todos se les hace fácil la disciplina; Tomás, quien vivió en la colonia Tepito, una de las ciudades más peligrosas del D.F., dice estar indeciso. No sabe si va a regresar a la calle o a permanecer en el refugio. “A mí lo que me importa es ganar dinero para comprarme lo que quiera”, dice Tomás, quien tiene doce años de edad. Desde muy pequeño sus padres le pegaban y prefirió huir e integrarse a una pandilla. En la calle se dedicó a todo, pero dice que en especial a guiar a las personas a donde vendían droga entre ellas cocaína y marihuana. Tomás quiere ser luchador porque dice que lo que más le gusta es pelear. “Quiero imponerme para que me respeten, además me gusta hacer señas (a mis compañeros) con las manos para que les diga groserías y así burlarme de ellos”. Este menor tiene dos meses en el programa y como otros en su situación, requiere de ayuda adicional por parte de un psicólogo, una trabajadora social, un equipo de doctores, y seis maestros. Los doctores supervisan la salud de los menores con mucho rigor, porque al llegar casi todos los niños presentan infecciones en la piel y los psicólogos se han dado cuenta que la mayoría de los niños ha sufrido de algún tipo de abuso sexual. Ministerios de Amor tiene un gran proyecto entre manos que es la construcción de un complejo habitacional “El Valle de los niños” que tendrá capacidad para 500 menores a un costo de de 5 millones de dólares. Ya cuentan con un terreno de cuatro hectáreas en Xochitepec, Estado de México. Otro reto en este ministerio es la educación superior de los estudiantes, como el caso de Pilar, quien hasta hace unos meses estudiaba diseño gráfico en la Universidad Metropolitana de Monterrey, pero tuvo que dejar momentáneamente sus estudios por cuestiones económicas. Pilar también vivió en las calles desde que tenía seis años, y hoy trabaja en este proyecto en el área administrativa. Hasta la fecha, Ministerio de Amor ha ayudado a más de 5 mil niños callejeros. Muchos de ellos tienen carreras universitarias y familias con buenos principios. “Nosotros sabemos que la respuesta está en ayudar a los niños de la calle para que se salve toda una generación y un día no necesitemos de Ministerio de Amor, porque no queremos que haya más niños de la calle”, enfatizó Blanchet. “No hay algo más gratificante que ver salir adelante a estos niños”. |
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