| La
misión de la Iglesia en los Campos Migrantes |
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Campesinos
deshierban una plantación de pimientos en el condado de Solano,
a dos millas de la Universidad de California en Davis. |
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Por Luis Gris Elizarrarás
El Heraldo Católico Mientras los campesinos inician la temporada de la cosecha, en muchos campos de California cientos de catequistas están llevando un mensaje de esperanza a niños, jóvenes y adultos por medio de la formación en la fe. Para atender las necesidades espirituales y poder referir a los campesinos a instituciones de asistencia social, la Diócesis de Sacramento desde la década de los sesentas formó el ministerio de catequesis para los Campos Migrantes. Lo iniciaron cuatro religiosas de la orden de las Carmelitas, venidas de Colombia, y dos matrimonios mexicanos. “Ellos vivían en Madison y se dieron cuenta de la necesidad de atender a los campesinos de los alrededores”, afirma la madre María Padilla, de las hermanas de la Misericordia. La madre Padilla trabajó por 20 años en este ministerio. Advierte que si no se atendiera a estas comunidades, lo más seguro es que muchos ni siquiera pudieran ir a misa. “Las jornadas son muy fuertes. No depende muchas veces de si ellos quieren ir a misa porque cuando aprieta el trabajo tienen que cumplir, porque los contratistas les ponen mucha presión para levantar las cosechas”, ratifica la religiosa. Cecilia Reyes está de acuerdo con la madre, quien fue su catequista. Reyes llegó a California a la edad de siete años y tuvo que vivir en carne propia los constantes viajes entre los dos países vecinos del norte. Esta catequista aclara que en julio y agosto la participación en la catequesis de toda la familia es fuerte, pero entre fines de agosto y septiembre disminuye notoriamente. La diócesis atiende los campos de Dixon, Davis, Gridley, Madison y Elizondo. En ellos viven más de 700 familias y atienden aproximadamente a 600 niños, adolescentes y jóvenes, quienes reciben los sacramentos de comunión y confirmación. Todos son mexicanos. Solo el campo de Elizondo está integrado de hombres, mientras que los demás hay familias y personas solteras. Más de 80 catequistas participan en este ministerio visitando los campos una vez a la semana y en su mayoría ya sirven en sus parroquias. Durante la visita realizan la catequesis en salones del campo o algunos lo hacen debajo de los árboles. Al final de la formación en la fe se ofrece la Santa Misa. En la mayoría de los campos no hay sacerdote fijo, así que se van rotando para atender estas comunidades. “El objetivo principal es llevarles los servicios parroquiales a estos Campos Migrantes y atenderlos en lo más que podamos”, dice el diácono Antonio Ramírez, director de catequesis a nivel diocesano. Él también trabajó en el campo cuando llegó a Estados Unidos. Cada año, el diácono observa que no solo la Iglesia Católica se preocupa de estos campos, sino que hay otras organizaciones que dan su apoyo, asistiéndolos con clases de inglés, servicios médicos por medio de ferias de salud, y donación de ropa entre otros. Exceso de trabajo El factor más desgastante para estos campesinos son las largas jornadas laborales. Los trabajadores agrícolas saben que las tienen que aprovechar, porque muchos deberán regresarse a México en octubre o noviembre. En el caso de los esposos Alfredo López y Teresa Casillas, los seis meses que trabajan en los campos de Dixon son el único ingreso al año que tienen, porque cuando regresan a México es muy difícil encontrar trabajos temporales. Por ello trabajan los siete días de la semana. Para dos de sus hijos, que están en la preparatoria, es un verdadero desafío estudiar en dos sistemas educativos y dos diferentes idiomas. Otro aspecto al que se enfrentan los trabajadores agrícolas es el mal trato por parte de los mayordomos o supervisores. Muchos son mexicanos, pero según los entrevistados, son demasiado exigentes. “No nos dejan a veces que tomemos agua o quieren que lo hagamos muy rápido. También nos hacen trabajar mucho y por solo ocho dólares la hora quieren que nos rompamos la espalda trabajando todo el día agachados”, cometa el señor López. Frutos de esperanza En el campo de Davis, la vida para algunos está cambiando poco a poco. Martha Martínez está estudiando inglés durante el día, gracias a que su esposo trabaja en el corte de la alfalfa. Ella anhela que su esposo pueda también estudiar inglés y poder estabilizar su vida en alguna ciudad de California. También Gloria y Miguel González se están superando. Ellos viven en el campo migrante porque no pueden pagar las altas rentas. Ella ya trabaja en una enlatadora y su esposo terminó su equivalente de preparatoria mejor conocido como GED, y actualmente maneja un camión de carga. Sin embargo hay miles de campesinos que por falta de estudios seguirán laborando arduamente. La solidaridad Todo esto lo entiende Lucia Zamora, quien creció en los campos de Watsonville, es feligresa del Santuario de Guadalupe y voluntaria en el ministerio de catequesis de Campo Migrante de Dixon. “La vida en verdad en los campos es muy correteada. Mis padres muchas veces salían a trabajar desde las cinco de la mañana y regresaban a las ocho o nueve de la noche, mientras a nosotros nos cuidaban nuestros hermanos mayores”, explica Zamora. Ella también afirma que la vida de los campesinos es muy dura, porque a donde quiera se tiene prejuicios de los campesinos y de sus hijos. “Si en el salón de clase se detectaba a alguien que tenía piojos, de inmediato se decía que los que tenían la culpa éramos los de los campos”, enfatiza Zamora. Muchos jóvennes campesinos son erróneamente acusados de ser pandilleros. “En ocasiones nos teníamos que pelear con otros porque decían que nosotros pertenecíamos a los sureños, algo que no era cierto”, dice Zamora. Por ello esta joven mexicoamericana, cuando supo sobre el Ministerio de Catequesis en los Campos Migrantes, no dudó en ofrecer sus servicios desde mayo de este año. Ella está encargada de la liturgia en el campo de Dixon y le encanta ser parte del coro. Zamora dice que siente un gran compromiso de regresar a servir a los campos porque estas comunidades viven situaciones muy duras todo el tiempo, por ser los más pobres de los pobres. Sudor
al servicio de otros Por Luis Gris Elizarrarás Pocas veces los consumidores asocian los colores y el sabor atractivo de las frutas y verduras con el sufrimiento, las frustraciones y el cansancio físico vividos diariamente por los campesinos. Cada madrugada, mientras muchos duermen, los trabajadores agrícolas de los Campos Migrantes salen desde las cinco de la mañana para iniciar su día laboral; en muchos casos la jornada es de 12 a 14 horas, sin que les paguen horas extras. Durante el día, sus hijos van a escuelas cercanas a los campos, donde viven o reciben clases en el mismo campo. Su rendimiento académico no es tan exitoso, porque muchos de estos niños tienen que suspender sus estudios mientras sus padres deben cambiar frecuentemente de cultivo, en busca del trabajo que los ayude a sustentar su familia. Un gran porcentaje de estos campesinos no cuenta con documentos para
trabajar legalmente en los Estados Unidos. Por ello han pagado altos costos
a los coyotes para que los ayuden a cruzar la frontera, arriesgando sus
vidas y las de sus hijos. “En comparación de los campesinos que trabajan en México, nosotros estamos en la gloria”, dice el trabajador agrícola Alfredo Lopez. “porque por lo menos nos alcanza para poder comer”. Vida difícil “De verdad a los trabajadores agrícolas se les estereotipa y se dice que los inmigrantes solo vienen a este país a tomar ventaja de los servicios de asistencia y no les valora la contribución que hacen a este país”, recalca Patricia López, feligresa del Santuario de Guadalupe, quien cuenta con la maestría en Servicios Sociales. Los obstáculos a los que se enfrentan los trabajadores agrícolas van desde la depresión, la desestabilidad emocional por el constante ir y venir, el uso del alcohol, el aislamiento por vivir en campos lejos de las ciudades, y la falta de oportunidades de educación entre otras. López, es hija de campesinos y su papá ha trabajado arduamente en los viñedos de Napa por más de 40 años. Ella realizó su tesis de postgrado basada en la vida y retos de los trabajadores agrícolas del Valle de Napa. La trabajadora social puntualiza que los campesinos mexicanos se han visto forzados a venir a trabajar a los Estados Unidos por la extrema pobreza que hay en zonas rurales de México. Según López, las personas con mayor educación
académica duran poco tiempo en las labores agrícolas y pronto
se mueven a otros trabajos más remunerados. Sin embargo el resto
se queda por muchos años o toda una vida en la misma labor. |
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